En la noche del 18 de junio, fue presentado en la casa de Hermandad del Cerro, el cartel conmemorativo para el Centenario de la devoción a la Virgen de los Dolores en El Cerro del Águila, una obra del artista onubense Chema Riquelme, en una fecha tan significativa de la historia de la feligresía. Concebido como una obra de gran formato y ejecutado en técnica mixta sobre lienzo —acrílico, óleo, pasteles, ceras grasas, espray, aerografía y collage—, este cartel se articula como una composición de profunda carga devocional y simbólica, donde pasado, presente y memoria colectiva convergen en una misma mirada.
La composición se organiza en torno a la imponente figura de Nuestra Señora de los Dolores, verdadero eje visual y espiritual de la obra. Su rostro ocupa el centro absoluto del cartel, dominando el espacio con una expresión serena y dolorida que trasciende la mera representación para convertirse en símbolo de la devoción de todo un barrio. Las lágrimas que surcan sus mejillas hablan de un siglo de fe compartida, de promesas susurradas y de generaciones enteras que han encontrado consuelo bajo su mirada.
Coronando la composición aparecen las dos devociones cristíferas de la hermandad. A la izquierda, Nuestro Padre Jesús de la Humildad, representado en una actitud de recogimiento y contemplación. A la derecha, el Santísimo Cristo del Desamparo y Abandono, cuya presencia equilibra la composición y completa el discurso teológico de la obra. Ambas imágenes enmarcan el conjunto como si custodiaran el recuerdo de estos cien años de historia, acompañando desde la eternidad la mirada dolorosa de la Virgen y convirtiéndose en guardianes simbólicos de la memoria centenaria de la feligresía.
Entre ellos emerge la singular ornamentación del manto de la Virgen de los Dolores, uno de los elementos patrimoniales más característicos de la corporación. Su diseño se convierte aquí en un lenguaje visual que une las dos representaciones cristológicas y sirve como puente entre la gloria artística de la hermandad y la centralidad de la Madre Dolorosa. Este motivo ornamental, reproducido con una marcada presencia visual, actúa además como una referencia inequívoca a la identidad estética de la cofradía, elevando el manto a la categoría de emblema de gran significación para la institución.
El plano inferior se convierte en una referencia explícita al paso del tiempo. Los números 1926 y 2026 marcan el inicio y la culminación de este siglo de devoción a tan profunda advocación de la Madre de Dios, actuando como columnas que sostienen la memoria de la corporación. Entre ambas fechas se despliega con fuerza el nombre de DOLORES, síntesis perfecta de la identidad de la hermandad y del sentimiento que la define.
Dentro de la propia palabra aparece la imagen de la Virgen de la Cinta, patrona de Huelva, cuya presencia constituye uno de los detalles más emotivos de la composición. Su inclusión rememora los orígenes del barrio y la hermandad y el papel fundamental de aquellos hombres y mujeres onubenses que, impulsados por la necesidad de buscar nuevas oportunidades en Sevilla, llevaron consigo la profunda devoción aprendida junto a la Patrona de su tierra. La Virgen de la Cinta se convierte así en un delicado homenaje a las raíces fundacionales del Cerro del Águila y a aquellos otros devotos que, oriundos de todas las provincias de Andalucía, sembraron la semilla de una hermandad que hoy cumple cien años de historia.
La obra incorpora además pequeños guiños narrativos que enriquecen su lectura. Sobre el lado izquierdo, junto al año fundacional, aparecen dibujadas a lápiz las escenas de esas personas mayores que, generación tras generación, sacan sus sillas a la puerta de sus casas para esperar el paso de la Virgen. Un gesto sencillo, cotidiano y profundamente humano que resume mejor que cualquier palabra la religiosidad popular del barrio y la íntima relación entre la hermandad y sus vecinos. En el lado derecho, junto al año del centenario, se representa la primitiva capilla de Nuestra Señora de los Dolores, evocando los humildes comienzos de la corporación y recordando aquel espacio donde comenzó a forjarse una devoción que con el paso de las décadas terminaría convirtiéndose en una de las señas de identidad más reconocibles de Sevilla.
La utilización del collage, integrado especialmente en el tocado de la Virgen mediante textos manuscritos y elementos gráficos, aporta una dimensión documental y memorialista a la obra. Como si cada fragmento conservase una parte de la historia, estas piezas se convierten en metáforas visuales de los recuerdos, las vivencias y los sentimientos acumulados durante un siglo de vida corporativa. El pasado queda literalmente incorporado al rostro de la historia.
La composición se encuentra construida mediante una marcada verticalidad que dirige la mirada del espectador desde la memoria terrenal representada por las fechas y los símbolos fundacionales hasta la dimensión espiritual encarnada por los Sagrados Titulares. Todo ello queda unificado por una paleta cromática dominada por tonos oscuros, rojizos y terrosos que potencian el dramatismo de la escena y resaltan la luminosidad del rostro de la Virgen, auténtico faro emocional de la pintura.
Más que un cartel conmemorativo, esta obra se presenta como una evocación sentimental de un siglo de fe. Un homenaje a quienes fundaron la hermandad, a quienes la engrandecieron con su esfuerzo, a quienes mantuvieron viva la llama de la devoción durante generaciones y a quienes continúan escribiendo su historia cada día. Cien años después de aquel lejano 1926, la Hermandad mira a su pasado con gratitud y a su futuro con esperanza. Y en el centro de esa historia permanece Ella, Nuestra Señora de los Dolores, convertida en corazón del barrio, refugio de sus hijos y testigo eterno de una devoción que ha sabido atravesar el tiempo para llegar, más viva que nunca, a este año único de 2026.
